Yaga: forjando una historia a puro temple

El estudio rumano Breadcrumbs nos invita a conocer la mitología de su tierra natal con Yaga, un RPG de acción que hace gran hincapié en la historia de un herrero desafortunado y sus aventuras en un mundo lleno de peligros silvestres, personajes insólitos y curiosos tesoros. Un juego literalmente cargado de personalidad, donde las decisiones y los modales hacen a la historia.

Iván, el falible

Como todo cuento de hadas, la historia de Yaga abre sus páginas en un reino atravesado por la magia y las leyendas, donde la superstición es moneda corriente y hasta el poderoso Tzar puede ser rehén de las profecías calamitosas de una bruja, en especial si se trata de la temible Baba Yaga. Maldecido por su despotismo, el trono del Tzar colapsará en el momento en que se cruce con la persona más desafortunado del reino, o eso al menos dice Yaga. Obsesionado con esta idea, el monarca rastrea a Iván, un herrero bigotón que con su overol rojo nos recuerda a Mario Bros. y quién se ha ganado la fama de ser el hombre con la peor suerte en el pueblo. Así entran en juego las artimañas del Tzar para alejar al pobre Iván de sus tierras, consignándole tareas desmesuradas que lo alejen de su hogar para siempre. Poco sabe el Tzar que Iván, con su mala suerte y todo, es un tipo bastante ingenioso y quizás pueda hacerles frente a sus misiones imposibles.

Lógicamente el completar las misiones del Tzar será solamente el eslabón final de un conjunto de otras quests, tanto principales como secundarias. En este punto debo decir que desde el día que completé uno de mis juegos favoritos, The Legend of Zelda: Majora’s Mask, siempre busqué títulos que revivieran en mí esa misma motivación para realizar side-quests solo por el placer de conocer las vidas de sus peculiares protagonistas. Y es que Yaga facilita un contexto muy amigable para todo eso. Siempre con una pizca de humor negro al mejor estilo Monkey Island, atender las necesidades de cada campesino para recibir unas buenas líneas de diálogo hace que todo valga la pena. El seguimiento de los objetivos es muy sencillo y las indicaciones siempre nos dejan claro donde estamos parados en la historia. También tenemos una gran libertad para definir el orden de cada quest y hasta podemos elegir el momento del día para llevarlas a cabo —por ejemplo, una quest al amanecer puede beneficiarse de un Iván más resistente que su contraparte nocturna.

Es precisamente mientras llevamos a cabo estas quests donde aparecen los segmentos de combate. Todo lo ajeno a los límites del pueblo constituyen un overworld laberíntico lleno de bestias y bandidos, con una estructura semejante a la de los roguelikes. A medida que avancemos, una barrera va a clausurar el territorio a nuestro alrededor y este rápidamente se plagará de enemigos que habrá que derrotar antes de continuar. En todo momento el combate es placentero, con la ayuda de un martillo que hace de boomerang “a la Thor” y un repertorio de artefactos por craftear. Pero la elección de encerrarnos y obligarnos a eliminar a cada uno de los enemigos nos quita un poco de libertad, y teniendo en cuenta que esta mecánica está presente en todo el recorrido que nos lleva a nuestros objetivos, la experiencia se vuelve repetitiva.

A los clásicos medidores de vida y stamina se le suma una barra de suerte —o mala suerte—. Esta se va a ir completando a medida que usemos magia a través de artefactos o bendiciones. Al alcanzar su tope se producirá una respuesta a modo de karma (cualquier amante de la fantasía sabe que la magia tiene un precio y todo lo que da lo quita por otro lado) y esto tendrá consecuencias en nuestro rendimiento, por ejemplo, reduciendo la durabilidad de nuestras armas.

El RPG reforjado

En esta era de bonanza tecnológica donde tenemos recursos para tirar al techo, con mundos abiertos gigantescos y una facilidad para personalizar hasta el detalle más insignificante de nuestros inventarios, es fácil olvidar el verdadero espíritu de los RPG. Porque crear un personaje no es solo una cuestión de cambiar su apariencia… sino de crear su historia. Y para eso hay que tomar decisiones y sobretodo dudar de esas decisiones. El peligro a equivocarnos tiene que estar siempre presente, porque probablemente los resultados más interesantes en un juego de rol surjan de nuestros errores: es el juego de lo imprevisto y nuestra reacción a lo imprevisto. Y creo Yaga entiende esto a la perfección al no permitirnos en ningún momento guardar la partida manualmente ni tampoco poder regresar a un punto previo de guardado automático. Todo nuestro progreso está contenido en un único slot: el cuento. Si queremos probar algo diferente habrá que iniciar otro cuento desde el principio. Esto deja fijada en cemento cada interacción con el mundo de Iván y nos hace más conscientes de nuestras responsabilidades y la clase de persona que queremos ser en ese mundo.

Lo que queda del gameplay recae puramente en la toma de decisiones. Con una clásica ruleta de opciones habrá que responder a cada diálogo siguiendo una coherencia con los rasgos de Iván que estamos construyendo. En el momento en que el juego comprende para qué lado apunta nuestra personalidad (justo, tonto, avaro o calentón) la ruleta sugiere las respuestas más adecuadas y desaconseja el resto. Si somos incoherentes, nuestra barra de mala suerte va a verse afectada. Lo interesante de esto es que, a diferencia de otros sistemas de moral, acá no se trata de ser bueno o malo sino de hacer lo correcto para la historia que estamos contando, con cada desvío siendo penalizado. Para poner un ejemplo, hay un momento en el final de la primera misión —mínimos spoilers en lo que queda de este párrafo— donde encontramos finalmente el paradero de la primera reliquia que nos solicita el Tzar, nada menos que en las manos de un gigante. El gigante, cuyo primer instinto por suerte no es atacarnos, nos contesta que tiene válidas razones para no entregarnos el objeto. “Atacarlo” o “hacer un trato” van a ser las dos opciones principales para resolver esta encrucijada. Yo, siguiendo la personalidad benevolente que fui construyendo a lo largo de mi gameplay, opté por lo segundo. Ya imaginándome el cliché de tener que realizar otra quest para ganarme su simpatía, fui gratamente sorprendido cuando propuso entregarme en su lugar una réplica del objeto —idéntica visualmente, pero sin las cualidades mágicas adjuntas— y así engañar al Tzar, quedando bien parado con ambos. La duda ya empezaba a asomar en mi cabeza: ¿el Tzar iba a darse cuenta de la trampa? Sentía que era muy probable, pero la decisión estaba ya casi tomada desde el momento en que decidí adoptar una actitud cordial con todos los personajes de este juego (lo más cercano a una Pacifist-run en Undertale), y acepté. No les voy a revelar el desenlace, pero si les puedo decir que ese fue el momento donde realmente terminé por conectar con Yaga y valoré su habilidad a través de la narrativa y el gameplay para meterme en la piel de Iván y sentir el roleplaying en toda su expresión.

Un relato pintoresco

La música también es otra gran protagonista en Yaga. Desde los divertidos diálogos escritos en rimas hasta el soundtrack —que oscila entre lo folkórico y lo electrónico— constante y estridente en todo el overworld. Tuve que hasta bajarle un poco el volumen a la música de fondo para poder distinguir mejor los efectos de sonido y el brillante cast de voces, un aspecto indispensable a la hora de cargar con tanta personalidad a todos los NPC del juego. En la presentación gráfica existe una gran atención al detalle en cada sprite, generando la sensación de estar todo el tiempo moviéndonos en un lienzo animado. Nada más que decir que todo el apartado artístico es irreprochable y contribuyen a una experiencia redonda por donde se la mire.

Conclusión

Poniendo siempre la historia al frente de todo, Yaga enamora con sus diálogos musicales, inspirado arte y un humor que te engancha desde el primer instante en su vivo mundo de costumbres eslavas.

Con una jugabilidad que gira en torno a la toma de decisiones y el combate, el juego se luce más en lo primero que en lo segundo, pero la fluidez y la promesa de conocer nuevas quests y personajes carismáticos nos hacen pasar por alto sus aspectos más repetitivos, logrando en general un buen ritmo.

Todavía una joya oculta entre tantos títulos que salen a diario, sospecho que Yaga va a dar que hablar en los próximos años y será redescubierto más de una vez.

Ezequiel Inverni

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